The Deep Conspiracy, Athens, Greece

Τετάρτη 10 Μαρτίου 2010

CONFIESO QUE HE VIVIDO - PABLO NERUDA (8. PATRIA EN TINIEBLAS)



MACCHU PICCHU
El ministerio se apresuró a aceptar el fin voluntario de mi carrera.
Mi suicidio diplomático me proporcionó la más grande alegría: la de poder regresar a Chile. Pienso
que el hombre debe vivir en su patria y creo que el desarraigo de los seres humanos es una frustración que
de alguna manera u otra entorpece la claridad del alma. Yo no puedo vivir sino en mi propia tierra; no puedo
vivir sin poner los pies, las manos y el oído en ella, sin sentir la circulación de sus aguas y de sus sombras,
sin sentir cómo mis raíces buscan en su légamo las substancias maternas.
Pero antes de llegar a Chile hice otro descubrimiento que agregaría un nuevo estrato al desarrollo de
mi poesía.
Me detuve en el Perú y subí hasta las ruinas de Macchu Picchu. Ascendimos a caballo. Por entonces
no había carretera. Desde lo alto vi las antiguas construcciones de piedra rodeadas por las altísimas
cumbres de los Andes verdes. Desde la ciudadela carcomida y roída por el paso de los siglos se
despeñaban torrentes. Masas de neblina blanca se levantaban desde el río Wilcamayo. Me sentí
infinitamente pequeño en el centro de aquel ombligo de piedra; ombligo de un mundo deshabitado,
orgulloso y eminente, al que de algún modo yo pertenecía. Sentí que mis propias manos habían trabajado
allí en alguna etapa lejana, cavando surcos, alisando peñascos.
Me sentí chileno, peruano, americano. Había encontrado en aquellas alturas difíciles, entre aquellas
ruinas gloriosas y dispersas, una profesión de fe para la continuación de mi canto.
Allí nació mí poema "Alturas de Macchu Picchu".
LA PAMPA SALITRERA
A fines de 1943 llegaba de nuevo a Santiago. Me instalé en mi propia casa, adquirida a largo plazo
por el sistema de previsión. En este hogar de grandes árboles junté mis libros y comencé otra vez la difícil
vida.
Busqué de nuevo la hermosura de mi patria, la fuerte belleza de la naturaleza, el encanto de las
mujeres, el trabajo de mis compañeros, la inteligencia de mis compatriotas.
El país no había cambiado. Campos y aldeas dormidas, pobreza terrible de las regiones mineras y la
gente elegante llenando su Country Club. Había que decidirse.
Mi decisión me causó persecuciones y minutos estelares.
Qué poeta podría arrepentirse?
Curzio Malaparte, que me entrevistó años después de lo que voy a relatar, lo dijo bien en su artículo:
"No soy comunista, pero si fuera poeta chileno, lo sería, como Pablo Neruda lo es. Hay que tomar partido
aquí, por los Cadillacs, o por la gente sin escuela y sin zapatos. "
Esta gente sin escuela y sin zapatos me eligió senador de la república el 4 de marzo de 1945. Llevaré
siempre con orgullo el hecho de que votaron por mí millares de chilenos de la región más dura de Chile,
región de la gran minería, cobre y salitre.
Era difícil y áspero caminar por la pampa. Por medio siglo no llueve en esas regiones y el desierto ha
dado fisonomía a los mineros. Son hombres de rostros quemados; toda su expresión de soledad y de
abandono se deposita en los ojos de oscura intensidad. Subir del desierto hacia la cordillera, entrar en cada
casa pobre, conocer las inhumanas faenas, y sentirse depositario de las esperanzas del hombre aislado y
sumergido, no es una responsabilidad cualquiera. Sin embargo, mi poesía abrió el camino de comunicación
y pude andar y circular y ser recibido como un hermano imperecedero, por mis compatriotas de vida dura.
No recuerdo si fue en París o en Praga que me sobrevino una pequeña duda sobre el enciclopedismo
de mis amigos ahí presentes. Casi todos ellos eran escritores, estudiantes los menos.
—Estamos hablando mucho de Chile —les dije———, seguramente porque yo soy chileno. Pero,,
saben ustedes algo de mi lejanísimo país? Por ejemplo, en.—qué vehículo nos movilizamos? En elefante,
en automóvil, en tren, en avión, en bicicleta, en camello, en trineo?
La contestación mayoritaria fue muy en serio: en elefante.
En Chile no hay elefantes ni camellos. Pero comprendo que resulte enigmático un país que nace en
el helado Polo Sur y llega hasta los salares y desiertos donde no llueve hace un siglo. Esos desiertos tuve
que recorrerlos durante años como senador electo por los habitantes de aquellas soledades, como
representante de innumerables trabajadores del salitre y del cobre que nunca usaron cuello ni corbata.
Entrar en aquellas planicies, enfrentarse a aquellos arenales, es entrar en la luna. Esa especie de
planeta vacío guarda la gran riqueza de mi país, pero es preciso sacar de la tierra seca y de los montes de
piedra, el abono blanco y el mineral colorado. En pocos sitios del mundo la vida es tan dura y al par tan
desprovista de todo halago para vivirla. Cuesta indecibles sacrificios transportar el agua, conservar una
planta que dé la flor más humilde, criar un perro, un conejo, un cerdo.
Yo procedo del otro extremo de la república. Nací en tierras verdes, de grandes arboledas selváticas.
Tuve una infancia de lluvia y nieve. El hecho solo de enfrentarme a aquel desierto lunar significaba un
vuelco en mi existencia. Representar en el parlamento a aquellos hombres, a su aislamiento, a sus tierras
titánicas, era también una difícil empresa. La tierra desnuda, sin una sola hierba, sin una gota de agua, es
un secreto inmenso y huraño. Bajo los bosques, junto a los ríos, todo le habla al ser humano. El desierto, en
cambio, es incomunicativo. Yo no entendía su idioma, es decir, su silencio.
Durante muchos años las empresas salitreras instituyeron verdaderos dominios, señoríos o reinos en
la pampa. Los ingleses, los alemanes, toda suerte de invasores cerraron los territorios de la producción y les
dieron el nombre de oficinas. Allí impusieron una moneda propia; impidieron toda reunión; proscribieron los
partidos y la prensa popular. No se podía entrar a los recintos sin autorización especial, que por cierto muy
pocos lograban.
Estuve una tarde conversando con los obreros de una maestranza en las oficinas salitreras de María
Elena. El suelo del enorme taller está siempre enfangado por el agua, el aceite y los ácidos. Los dirigentes
sindicales que me acompañaban y yo, pisábamos sobre un tablón que nos aislaba del barrizal.
—Estos tablones —me dijeron—nos costaron 15 huelgas sucesivas, 8 años de peticiones y 7
muertos.
Lo último se debió a que en una de esas huelgas la policía de la compañía se llevó a siete dirigentes.
Los guardias iban a caballo, mientras los obreros amarrados a una cuerda los seguían a pie por los
solitarios arenales. Con algunas descargas los asesinaron. Sus cuerpos quedaron tendidos bajo el sol y el
frío del desierto, hasta que fueron encontrados y enterrados por SUS compañeros.
Anteriormente las cosas fueron mucho peores. Por ejemplo en el año de 1906, en Iquique, los
huelguistas bajaron a la ciudad desde todas las oficinas salitreras, para plantear sus solicitudes
directamente al gobierno. Miles de hombres extenuados por la travesía se juntaron a descansar en una
plaza, frente a una escuela. Por la mañana irían a ver al gobernador, a exponerle sus peticiones. Pero
nunca pudieron hacerlo. Al amanecer, las tropas dirigidas por un coronel rodearon la plaza. Sin hablar
comenzaron a disparar, a matar. Más de seis mil hombres cayeron en aquella masacre.
En 1945 las cosas andaban mejor, pero a veces me parecía que retornaba el tiempo del exterminio.
Una vez se me prohibió dirigirme a los obreros en el local del sindicato. Yo los llamé fuera del recinto y en
pleno desierto comencé a explicarles la situación,~ las posibles salidas del conflicto. Eramos unos
doscientos. pronto escuché un ruido de motores y observé cómo se acercaba hasta a cuatro o cinco metros
de mis palabras, un tanque del ejército. Se abrió la tapa y surgió de la abertura una ametralladora que
apuntaba a mi cabeza. Junto al arma se irguió un oficial, muy relamido pero muy serio, que se dedicó a
mirar mientras yo continuaba mi discurso. Eso fue todo.
La confianza puesta en los comunistas por aquella multitud de obreros, muchos de ellos analfabetos,
había nacido con Luis Emilio Recabarren, quien inició sus luchas en esa zona desértica De simple agitador
obrero, antiguo anarquista, Recabarren se convirtió en una presencia fantasmagórica y colosal. Llenó el
país de sindicatos y federaciones. Llegó a publicar más de 15 periódicos destinados exclusivamente a la
defensa de las nuevas organizaciones que había creado. Todo sin un centavo. El dinero salía de la nueva
conciencia que asumían los trabajadores.
Me tocó ver en ciertos sitios las prensas de Recabarren, que habían servido en forma tan heroica y
seguían trabajando 40 años después. Algunas de esas máquinas fueron golpeadas por la policía hasta la
destrucción, y luego habían sido cuidadosamente reparados. Se les notaban las enormes cicatrices bajo las
soldaduras amorosas que las hicieron andar de nuevo.
Me acostumbré en aquellas largas giras a alojarme en las pobrísimas casas, casuchas o cabañas de
los hombres del desierto. Casi siempre me esperaba un grupo, con pequeñas banderas, a la entrada de las
empresas. Luego me mostraban el sitio en que descansaría. Por mi aposento desfilaban durante todo el día
mujeres y hombres con sus quejas laborales, con sus conflictos más o menos íntimos. A veces las quejas
asumían un carácter que tal vez un extraño juzgaría humorístico, caprichoso, incluso grotesco. Por ejemplo,
la falta de té podía ser para ellos motivo de una huelga de grandes consecuencias. Son concebibles
urgencias tan londinenses en una región tan desolada? Pero lo cierto es que el pueblo chileno no puede
vivir sin tomar té varias veces al día. Algunos de los obreros descalzos, que me preguntaban angustiados la
razón de la escasez del exótico pero imprescindible brebaje, me argumentaban a guisa de disculpa:
—Es que si no tomamos nos da un terrible dolor de cabeza.
Aquellos hombres encerrados en muros de silencio, sobre la tierra solitaria y bajo el solitario cielo,
tuvieron siempre una curiosidad política vital. Querían saber que pasaba, tanto en Yugoeslavia como en
China. Les preocupaban las dificultades y los cambios en los países socialistas, el resultado de las grandes
huelgas italianas, los rumores de guerras, el despuntar de revoluciones en los sitios más lejanos.
En cientos de reuniones, muy lejos la una de la otra, escuchaba una petición constante: que les
leyera mis poemas. Muchas veces me los pedían por sus títulos. Naturalmente que nunca supe si todos
entendían o no entendían algunos o muchos versos míos. Era difícil determinarlo en aquella atmósfera de
mutismo absoluto, de sagrado respeto con que me escuchaban. Pero, quéimportancia tiene eso Yo, que soy
uno de los tontos más ilustrados, jamás he podido entender no pocos versos de Hólderlin v de Mallarmé. Y
conste que los he leído con el mismo sagrado respeto.
La comida, cuando quería adquirir rasgos de fiesta, era una cazuela de gallina, raras aves en la
pampa. La vianda que más acudía a los platos era algo para mí difícil de meterle el diente: el guisado de
cuyas o conejillos de India. Las circunstancias hacían un plato favorito de este animalito nacido para morir
en los laboratorios.Las camas que me tocaron invariablemente en las innumerables casas donde dormía,
tenían dos características conventuales. Unas sábanas blancas como la nieve y tiesas a fuerza de almidón;
capaces de sostenerse solas en pie. Y una dureza del lecho equiparable a la de la tierra del desierto; no
conocían colchón sino unas tablas tan lisas como implacables.
Así y todo me dormía como un bendito. Sin ningún esfuerzo entraba a compartir el sueño con la
innumerable legión de mis compañeros. El día era siempre seco e incandescente como una. brasa, pero la
noche del desierto extendía su frescura bajo una copa primorosamente estrellada.
Mi poesía y mi vida han transcurrido como un río americano, como un torrente de aguas de Chile,
nacidas en la profundidad secreta de las montañas australes, dirigiendo sin cesar hacia una. salida marina
el movimiento de sus corrientes. Mi poesía no rechazó nada de lo que pudo traer en su caudal; aceptó la
pasión, desarrolló el misterio, y se abrió paso entre los corazones del pueblo.
Me tocó padecer y luchar, amar y cantar; me tocaron en el reparto del mundo, el triunfo y la derrota,
probé el gusto del pan y el de la sangre. Qué más quiere' un poeta? Y todas las alternativas, desde el llanto
hasta los besos, desde la soledad hasta el pueblo, perviven en mi poesía, actúan en ella, porque he vivido
para mi poesía, y mi poesía ha sustentado mis luchas. Y si muchos premios he alcanzado, premios fugaces
como mariposas de polen fugitivo, he alcanzado un premio mayor, un premio que muchos desdeñan pero
que es en realidad para muchos inalcanzable. He llegado a través de una dura lección de estética y de
búsqueda, a través de los laberintos de la palabra escrita, a ser poeta de mi pueblo. Mi premio es ése, no
los libros y los poemas traducidos o los libros escritos para describir o disecar mis palabras. Mi premio es
ese momento grave de mi vida cuando en el fondo del carbón de Lota, a pleno sol en la calichera abrasada,
desde el socavón del pique ha subido un hombre como si ascendiera desde el infierno, con la cara
transformada por el trabajo terrible, con los ojos enrojecidos por el polvo y, alargándome la mano
endurecida, esa mano que lleva el mapa de la pampa en sus durezas y en sus arrugas, me ha dicho, con
ojos brillantes: "te conocía desde hace mucho tiempo, hermano". Ese es el laurel de mi poesía, ese agujero
en la pampa terrible, de donde sale un obrero a quien el viento y la noche y las estrellas de Chile le han
dicho muchas veces: "no estás solo; hay un poeta que piensa en tus dolores".
Ingresé al Partido Comunista de Chile el 15 de julio de 1945.
GONZÁLEZ VIDELA
Hasta el senado llegaban difícilmente las amarguras que yo y mis compañeros representábamos.
Aquella cómoda sala parlamentaria estaba como acolchada para que no repercutiera en ella el vocerío de
las multitudes descontentas. Mis colegas del bando contrario eran expertos académicos en el arte de las
grandes alocuciones patrióticas y bajo todo ese tapiz de seda falsa que desplegaban, me sentía ahogado.
Pronto se renovó la esperanza, porque uno de los candidatos a la presidencia, González Videla, juró
hacer justicia, y su elocuencia activa le atrajo gran simpatía. Yo fui nombrado jefe de propaganda de su
campaña y llevé a todas partes del territorio la buena nueva.
Por arrolladora mayoría de votos el pueblo lo eligió presidente.
Pero los presidentes en nuestra América criolla sufren muchas veces una metamorfosis
extraordinaria. En el caso que relato, rápidamente cambió de amigos el nuevo mandatario, entroncó su
familia con la "aristocracia" y poco a poco se convirtió de demagogo en magnate.
La verdad es que González Videla no entra en el marco de los típicos dictadores sudamericanos. Hay
en Melgarejo, de Bolivia, o en el general Gómez, de Venezuela, yacimientos telúricos reconocibles. Tienen
el signo de cierta grandeza y parecen movidos por una fuerza desolada, no por eso menos implacable.
Desde luego, ellos fueron caudillos que se enfrentaron a las batallas y a las balas.
González Videla fue, por el contrario, un producto de la cocinería política, un frívolo impenitente, un
débil que aparentaba fortaleza.
En la fauna de nuestra América, los grandes dictadores han sido saurios gigantescos, sobrevivientes
de un feudalismo colosal en tierras prehistóricas. El judas chileno fue sólo un aprendiz de tirano y en la
escala de los saurios no pasaría de ser un venenoso lagarto. Sin embargo, hizo lo suficiente para
descalabrar a Chile. Por lo menos retrocedió al país en su historia. Los chilenos se miraban con vergüenza
sin entender exactamente cómo había ido pasando todo aquello.
El hombre fue un equilibrista, un acróbata de asamblea. Logró situarse en un espectacular
izquierdismo. En esta "comedia de mentiras" fue un redomado campeón. Esto nadie lo discute. En un país
en que, por lo general, los políticos son o parecen ser demasiado serios, la gente agradeció la llegada de la
frivolidad, pero cuando este bailarín de conga se salió de madre ya era demasiado tarde: los presidios
estaban llenos de perseguidos políticos y hasta se abrieron campos de concentración como el de Pisagua.
El estado policial se instaló, entonces, como una novedad nacional. No había otro camino que aguantarse y
luchar en forma clandestina por el retorno a la decencia.
Muchos de los amigos de González Videla, gente que le acompañó hasta el fin en sus trajines
electorales, fueron llevados a prisiones en la alta cordillera o en el desierto por disentir de su metamorfosis.
La verdad es que la envolvente clase alta, con su poderío. económico, se había tragado una vez más
al gobierno de nuestra nación, como tantas veces había ocurrido. Pero en esta oportunidad la digestión fue
incómoda y Chile pasó por una enfermedad que oscilaba entre la estupefacción y la agonía.
El presidente de la república, elegido por nuestros votos, se convirtió, bajo la protección
norteamericana, en un pequeño vampiro vil y encarnizado. Seguramente sus remordimientos no lo dejaban
dormir, a pesar de que instaló, vecinas al palacio de gobierno, garzonieres y prostíbulos privados, con
alfombras y espejos para sus deleites. El miserable tenía una mentalidad insignificante, pero retorcida. En la
misma noche que comenzó su gran represión anticomunista invitó a cenar a dos o tres dirigentes obreros.
Al terminar la comida bajó con ellos las escaleras de palacio y, enjugándose unas lágrimas, los abrazó
diciéndoles: ""Lloro porque he ordenado encarcelarlos. A la salida los van a detener. Yo no sé si nos
veremos más".
"EL CUERPO REPARTIDO"
Mis discursos se tornaron violentos y la sala del senado estaba siempre llena para escucharme.
Pronto se pidió y se obtuvo mi desafuero y se ordenó a la policía mi detención.
Pero los poetas tenemos, entre nuestras substancias originales. la de ser hechos en gran parte de
fuego y humo.
El humo estaba dedicado a escribir. La relación histórica de cuanto me pasaba se acercó
dramáticamente a los antiguos temas americanos. En aquel año de peligro y de escondite terminé mi libro
más importante, el "Canto general"
Cambiaba de casa casi diariamente. En todas partes se abría una puerta para resguardarme.
Siempre era gente desconocida que de alguna manera había expresado su deseo de cobijarme por varios
días. Me pedían como asilado aunque fuera por unas horas o unas semanas. Pasé por campos, puertos,
ciudades, campamentos, como también por casas de campesinos, de ingenieros, de abogados, de
marineros, de médicos, de mineros.
Hay un viejo tema de la poesía folklórica que se repite en todos nuestros países. Se trata de "el
cuerpo repartido". El cantor popular supone que tiene sus pies en una parte, sus riñones en otra, y describe
todo su organismo que ha dejado esparcido por campos y ciudades. Así me sentí yo en aquellos días.
Entre los sitios conmovedores que me albergaron, recuerdo una casa de dos habitaciones, perdida
entre los cerros pobres de Valparaíso.
Yo estaba circunscrito a un pedazo de habitación y a un rinconcito de ventana desde donde
observaba la vida del puerto. Desde aquella ínfima atalaya mi mirada abarcaba un fragmento de la calle.
Por las noches veía circular gente apresurada. Era un arrabal pobre y aquella pequeña calle, a cien metros
bajo mi ventana, acaparaba toda la iluminación del barrio. Tienduchas y boliches la llenaban.
Atrapado en mi rincón, mi curiosidad era infinita. A veces no lograba resolver los problemas. Por
ejemplo, por qué la gente que pasaba, tanto los indiferentes como los apremiados, se detenían siempre en
un mismo sitio? Qué mercaderías mágicas se exhibían en esa vitrina? Familias enteras se paraban ahí
largamente con sus niños en los hombros. Yo no alcanzaba a ver las caras de arrobamiento que sin duda
ponían al mirar la mágica vitrina, pero me las suponía.
Seis meses después supe que aquél era el escaparate de una sencilla tienda de calzado. El zapato
es lo que más interesa al hombre, deduje. Me juré estudiar ese asunto, investigarlo y expresarlo. Nunca he
tenido tiempo para cumplir ese propósito o promesa formulada en tan extrañas circunstancias. Sin embargo,
no hay pocos zapatos en mi poesía. Ellos circulan taconeando en muchas de mis estrofas, sin que yo me
haya propuesto ser un poeta zapateril.
De pronto llegaban a la casa visitas que prolongaban sus conversaciones, sin imaginarse que a corta
distancia, separado por un tabique hecho con cartones y periódicos viejos, estaba un poeta perseguido por
no sé cuantos profesionales de la cacería humana. El sábado en la tarde, y también el domingo en la
mañana, llegaba el novio de una de las muchachas de la casa. Este era de los que no debían saber nada.
Era un joven trabajador, disponía del corazón de la chica, pero, ¡ay!, aún no le daban confianza. Desde la
claraboya de mi ventana lo veía yo bajarse de su bicicleta, en la que repartía huevos por todo el extenso
barrio popular. Poco después lo oía entrar canturreando a la casa. Era un enemigo de mi tranquilidad. Digo
enemigo porque se empeñaba en quedarse arrullando a la muchacha a pocos centímetros de mi cabeza.
Ella lo invitaba a practicar el amor platónico en algún parque o en el cine, pero él se resistía heroicamente.
Y yo maldecía entre dientes la obstinación hogareña de aquel inocente repartidor de huevos.
El resto de las personas de la casa estaba en el secreto: la mamá viuda, las dos muchachas
encantadoras y los dos hijos marineros. Estos descargaban plátanos en la bahía y a veces andaban
furiosos porque ningún barco los contrataba. Por ellos me enteré del desguace de una vieja embarcación.
Dirigiendo yo desde mi rincón secreto las operaciones, desprendieron ellos la bella estatua de la proa del
navío y la dejaron escondida en una bodega del puerto. Sólo vine a conocerla varios años después,
pasados ya mi evasión y mi destierro. La hermosa mujer de madera, con rostro griego como todos los
mascarones de los antiguos veleros, me mira ahora con su melancólica belleza, mientras escribo estas
memorias junto al mar.
El plan era que yo me embarcara clandestinamente en la cabina de uno de los muchachos y
desembarcara al llegar a Guayaquil, surgiendo de en medio de los plátanos. El marinero me explicaba que
yo debería aparecer inesperadamente en la cubierta, al fondear el barco en el puerto ecuatoriano, vestido
de pasajero elegante, fumándome un cigarro puro que nunca he podido fumar. Se decidió en la familia, ya
que era inminente la partida, que se me confeccionara el traje apropiado ——elegante y tropical, para lo
cual se me tomaron oportunamente las medidas.
En un dos por tres estuvo listo mi traje. Nunca me he divertido tanto como al recibirlo. La idea de la
moda que las mujeres de la casa tenían, estaba influida por una famosa película de aquel tiempo: Lo que el
viento se llevó. Los muchachos, por su parte, consideraban como arquetipo de la elegancia el que había
recogido en los dancings de Harlem y en los bares y bailongos del Caribe. El vestón, cruzado y acinturado,
me llegaba hasta las rodillas. Los pantalones me apretaban los tobillos.
Guardé tan pintoresco atuendo, elaborado por tan bondadosas personas, y nunca tuve oportunidad
de usarlo. Nunca salí de mi escondite en un barco, ni desembarqué jamás entre los plátanos de Guayaquil,
vestido como un falso Clark Gable. Escogí, por el contrario, el camino del frío. Partí hacia el extremo sur de
Chile, que es el extremo sur de América, y me dispuse a atravesar la cordillera.
UN CAMINO EN LA SELVA
El secretario general de mi partido había sido hasta entonces Ricardo Fonseca. Era un hombre muy
firme y sonriente, sureño como yo, de los climas fríos de Carahue. Fonseca había cuidado mi vida ilegal,
mis escondites, mis incursiones clandestinas, la edición de mis panfletos, pero, sobre todo, había cuidado
celosamente el secreto de mis domicilios. El único que verdaderamente sabía, durante un año y medio, de
mis escondites, dónde iba a comer y dormir cada noche, era mi joven y resplandeciente jefe y secretario
general, Ricardo Fonseca. Pero su salud fue minándose en aquella llama verde que se asomaba a sus ojos,
su sonrisa fue extinguiéndose y un día se nos fue para siempre el buen camarada.
En plena ilegalidad fue elegido nuevo dirigente máximo un hombre recio, cargador de sacos en
Valparaíso. Se llamó Galo González. Era un hombre complejo, con una figura engañadora y una firmeza
mortal. Debo decir que en nuestro partido no hubo jamás culto de la personalidad, no obstante haber sido
una vieja organización que pasó por todas las debilidades ideológicas. Pero siempre se sobrepuso esa
conciencia chilena, de pueblo que lo ha hecho todo con sus manos. Hemos tenido muy pocos caudillos en
la vida de Chile y esto se reflejó también en nuestro partido.
Sin embargo, esa política piramidal de la época staliniana produjo también en Chile, amparada por la
ilegalidad, una atmósfera algo enrarecida.
Galo González no podía comunicarse con la multitud del partido. La persecución arreciaba. Teníamos
miles de presos y un campo de concentración especial funcionaba en la desértica costa de Písagua.
Galo González hacía una vida legal llena de actividad revolucionaria, pero la incomunicación de la
directiva con el cuerpo general del partido se fue acentuando. Fue un gran hombre, una, especie de sabio
popular y un luchador valiente.
A él llegaron los planes de mi nueva fuga y esta vez se practicaron con exactitud. Se trataba de
trasladarme a mil kilómetros de distancia de la capital y cruzar la cordillera a caballo. Los camaradas
argentinos me esperarían en alguna parte.
Salimos cuando caía la tarde protegidos por un automóvil providencia. Mi amigo el doctor Raúl Bulnes
era entonces médico de la policía montada. El me condujo en su invulnerable automóvil hasta las afueras
de Santiago en donde me tomó a su cargo, la organización del partido. En otro automóvil, equipado
especialmente para el largo viaje, me esperaba un viejo compañero, del partido, el chofer Escobar.
Seguimos día y noche por los caminos. Durante el día, para reforzar las barbas y las gafas que me
enmascaraban, yo me arrebujaba en mantas encubridoras, especialmente al cruzar pueblos y ciudades, o al
detenernos en las estaciones bencineras.
Pasé por Temuco a mediodía. No me detuve en ningún sitio. Nadie me reconoció. Por simple azar, mi
viejo Temuco era ruta de salida. Atravesamos el puente y el pueblito Padre Las Casas. Hicimos alto ya lejos
de la ciudad, a comer algo sentados en una piedra. Por el declive pasaba un estero bajo, y sus aguas
sonaban. Era mi infancia que me despedía. Yo crecí en esta ciudad, mi poesía nació entre el cerro y el río,
tomó la voz de la lluvia, se impregnó de los bosques tal como la madera. Y ahora en el camino hacia la
libertad, acampaba un instante al lado de Temuco y oía la voz del agua que me enseñó a cantar.
Seguimos viaje. Sólo una vez tuvimos un minuto de zozobra, Parado en medio de la carretera, un
decidido oficial de carabineros daba la voz de alto a nuestro coche. Yo me quedé mudo, pero resultó
infundado el sobresalto. El oficial pedía que lo lleváramos a cien kilómetros más lejos. Se sentó junto al
chofer, el camarada Escobar, y conversó amablemente con él. Yo me hice el dormido para no hablar. Mi voz
de poeta la conocían hasta las piedras de Chile.
Sin mayores peripecias llegamos al punto de destino. Era un hacienda maderera, aparentemente
despoblada. El agua la tocaba por todas partes. Primero se atravesaba el vasto lago Ranco y se
desembarcaba entre matorrales y árboles gigantes. Desde allí se seguía a caballo un trecho, hasta
embarcarse esta vez en las aguas del lago Maihue. La casa patronal apenas se divisaba, disimulada bajo
las inmensas cerrerías, los follajes gigantes, el zumbido profundo de la naturaleza. Se oye decir que Chile
es el último rincón del mundo. Aquel sitio forrado por la selva virgen, cercado por la nieve y por las aguas
lacustres, era en verdad uno de los últimos sitios habitables del planeta.
La casa donde me destinaron un dormitorio era provisoria, como todo en la comarca. Una estufa de
latón y fierro, cargada de leña salvaje, como recién cortada, ardía noche y día. La tremenda lluvia del sur
golpeaba sin tregua las ventanas, como si pugnara por entrar a la casa. La lluvia dominaba la selva
sombría, los lagos, los volcanes, la noche, y se rebelaba furiosa porque aquella guarida de seres humanos
tenía otro estatuto, y no aceptaba su victoria.
Yo conocía muy poco al amigo que me esperaba, Jorge Bellet. Antiguo piloto de aviación, mezcla de
hombre práctico y explorador, calzado de botas y vestido de gruesas chaquetillas cortas, tenía aire de
mando innato, un plante militar que en cierto modo cuadraba bien con el ambiente, aunque allí los
regimientos alineados eran solamente los árboles colosales del bosque natural.
La dueña de casa era una mujer frágil y plañidera, asediada por la neurosis. Consideraba como un
insulto a su persona la pesada soledad de aquella región, la lluvia eterna, el frío. Lloriqueaba gran parte del
día, pero todo marchaba puntualmente y se comían alimentos definitivos, venidos de la selva y del agua.
Bellet dirigía la empresa maderera. Esta se reducía a elaborar durmientes de ferrocarril, destinados a
su utilización en Suecia o Dinamarca. Todo el día chirriaban con un lamento agudo las sierras que cortaban
los grandes troncos. Primero se oía el golpe profundo, subterráneo, del árbol que caía. Cada cinco o diez
minutos se estremecía la tierra como un oscuro tambor, cuando la golpeaba el derrumbe de los raulíes, de
los alerces, de los mañíos, obras colosales de la naturaleza, árboles plantados allí por el tiempo hace mil
años. Luego se elevaba la queja de la sierra que trozaba el cuerpo de los gigantes. El sonido de la sierra,
metálico, estridente y elevado como un violín salvaje, después del tambor oscuro de la tierra que recibía a
sus dioses, todo esto formaba una atmósfera de intensidad mitológica, un círculo de misterio y de cósmico
terror. La selva se moría. Yo oía sobrecogido sus lamentaciones como si hubiera llegado para escuchar las
más antiguas voces que nunca más resonarían.
El gran patrón, el dueño de la selva, era un santiaguino a quien yo no conocía. Se anunciaba y se
temía su visita para más entrado el verano. Se llamaba Pepe Rodríguez. Me informaron que era un
capitalista moderno, dueño de telares y otras fábricas, hombre industrioso, ágil y electrizante. Por lo demás,
era un reaccionario de cepa, miembro propiamente del partido más derechista de Chile. Como yo estaba de
tránsito en su reino sin que él lo supiera, esos aspectos suyos resultaban positivos para mi episodio. Nadie
podría venir a buscarme allí. Las autoridades civiles y policiales actuaban siempre como vasallos del gran
hombre de cuya hospitalidad yo estaba gozando y con el que parecía imposible que me topara alguna vez.
Y Era inminente mi partida. Estaban por comenzar las nevadas en la cordillera, y no se juega con los Andes.
El camino era estudiado diariamente por mis amigos. Decir caminos es un decir. En realidad era una
exploración a través de huellas que el humus y la nieve habían borrado hace tiempo. La espera se hacía
angustiosa para mí. Por lo demás, mis compañeros del lado argentino andarían ya buscándome.
Cuando todo parecía listo, Jorge Bellet, capitán general de las maderas, me advirtió que pasaba algo
nuevo. Me lo dijo cariacontecido. El gran patrón anunciaba su visita. Llegaría en dos días más.
Quedé desconcertado. Los preparativos no estaban todavía punto. Lo más peligroso para mi
situación, después de aquel largo trabajo, era que el propietario supiera que yo me albergaba en sus
propias tierras. Se sabía que era un íntimo amigo de mi per seguidor González Videla. Y se sabía que
González Videla había puesto precio a mi cabeza. Qué hacer?
Bellet fue desde el primer momento partidario de hablar fren te a frente con Rodríguez, el propietario.
—Lo conozco muy bien —me dijo—. Es muy hombre y jamás te delatará.
Estuve en desacuerdo. Las instrucciones del partido eran absoluto secreto y Bellet pretendía violar
esas instrucciones. Así se lo dije. Discutimos acaloradamente. Y en el transcurso de 1 discusión política
decidimos que me fuera a vivir a la casa de un cacique mapuche, una cabaña enclavada al pie mismo de la
selva.
Me trasladé a la cabaña y allí mi situación se hizo muy precaria. Tanto que finalmente, después de
muchas objeciones, acepté encontrarme con Pepe Rodríguez, el propietario de la empresa de las sierras y
de los bosques. Fijamos un punto neutral, que no fuera su casa ni la cabaña del cacique. A la caída de la
tarde vi avanzar un jeep. De él bajó, junto con mi amigo Bellet, un hombre maduro y juvenil, de pelo canoso
y rostro resuelto. Sus primeras palabras fueron para decirme que desde ese instante él asumía la
responsabilidad de custodiarme. En tales condiciones nadie se atrevería a atentar contra mí seguridad.
Hablamos sin gran cordialidad, pero el hombre me fue ganando. Lo invité, porque hacía mucho frío, a
la casa del cacique. Allí continuó nuestra conversación. Por orden suya aparecieron una botella de
champaña, otra de whisky, y hielo.
Al cuarto vaso de whisky discutíamos a grandes voces. El hombre era absolutista de convicciones.
Decía cosas interesantes Y estaba enterado de todo, pero su ribete de insolencia me ponía iracundo.
Ambos pegábamos grandes palmadas sobre la mesa del cacique, hasta que concluimos en sana paz
aquella botella.
Nuestra amistad siguió por mucho tiempo. Entre sus cualidades se contaba una franqueza irreductible
de hombre acostumbrado a tener la sartén por el mango. Pero también sabía leer mi poesía en forma
extraordinaria, con una entonación tan inteligente Y varonil que mis propios versos me parecían nacer de
nuevo.
Volvió Rodríguez a la capital, a sus empresas. Tuvo un último gesto. Llamó a sus subordinados junto
a mí, y con su característica voz de mando les dijo:
—Si el señor Legarreta, de aquí a una semana, tiene impedimentos para salir a la Argentina por el
paso de los contrabandistas, ustedes abrirán otro camino que llegue hasta la frontera. Pararán todos los
trabajos de la madera y se pondrán todos a abrir ese camino. Estas son mis órdenes.
Legarreta era mi nombre en ese momento.
Pepe Rodríguez, aquel hombre dominante y feudal, murió dos años después, empobrecido y
perseguido. Lo culparon de un cuantioso contrabando. Pasó muchos meses en la cárcel. Debe haber sido
un sufrimiento indecible para una naturaleza tan arrogante.
Nunca he sabido a ciencia cierta si era culpable o inocente del delito que le imputaron. Supe sí que
nuestra oligarquía, antaño desvelada por una invitación del espléndido Rodríguez, lo abandonó apenas lo
vieron procesado y desmoronado.
En lo que a mí respecta, sigo a su lado, sin que se pueda borrar de mi memoria. Pepe Rodríguez fue
para mí un pequeño emperador que ordenó abrir sesenta kilómetros de camino en la selva virgen para que
un poeta alcanzara su libertad.
LA MONTAÑA ANDINA
La montaña andina tiene pasos desconocidos, utilizados antiguamente por contrabandistas, tan
hostiles y difíciles que los guardias rurales no se preocupan ya de custodiarlos. Ríos y precipicios se
encargan de atajar al caminante.
Mi compañero Jorge Bellet era el jefe de la expedición. A nuestra escolta de cinco hombres, buenos
jinetes y baqueanos, se agregó mi viejo amigo Víctor Bianchi, que había llegado a esos parajes como
agrimensor en unos litigios de tierras. No me reconoció. Yo llevaba la barba crecida tras año y medio de
vida oculta. Apenas supo mi proyecto de cruzar la selva, nos ofreció sus inestimables servicios de avezado
explorador. Antes ya había acendido el Aconcagua en una trágica expedición de la que fue casi el único
sobreviviente.
Marchábamos en fila, amparados por la solemnidad del alba. Hacía muchos años, desde mi infancia,
que no montaba a caballo, pero aquí íbamos al paso. La selva andina austral está poblada por grandes
árboles apartados el uno del otro. Son gigantescos alerces y maitines, luego tepas y coníferas. Los raulíes
asombran por su espesor. Me detuve a medir uno. Era del diámetro de un caballo. Por arriba no se ve el
cielo. Por abajo las hojas han caído durante siglos formando una capa de humus donde se hunden los
cascos de las cabalgaduras. En una marcha silenciosa cruzábamos aquella gran catedral de la salvaje
naturaleza.
Como nuestro camino era oculto y vedado, aceptábamos los signos más débiles de la orientación. No
había huellas, no existían senderos y con mis cuatro compañeros a caballo buscábamos en ondulante
cabalgata ——eliminando los obstáculos de poderosos árboles, imposibles ríos, roqueríos inmensos,
desoladas nieves, adivinando más bien—el derrotero de mi propia libertad. Los que me acompañaban
conocían la orientación, la posibilidad entre los grandes follajes, pero para saberse más seguros marcaban
de un machetazo aquí y allá las cortezas de los grandes árboles dejando huellas que los guiarían en el
regreso, cuando me dejaran solo con mi destino.
Cada uno avanzaba embargado en aquella soledad sin márgenes, en aquel silencio verde y blanco:
los árboles, las grandes enredaderas, el humus depositado por centenares de años, los troncos
semiderribados que de pronto eran una barrera más en nuestra marcha. Todo era a la vez una naturaleza
deslumbradora y secreta y a la vez una creciente amenaza de frío, nieve, persecución. Todo se mezclaba:
la soledad, el peligro, el silencio y la urgencia de mi misión.
A veces seguíamos una huella delgadísima, dejada quizá por contrabandistas o delincuentes
comunes fugitivos, e ignorábamos si muchos de ellos habían perecido, sorprendidos de repente por las
glaciales manos del invierno, por las tormentas tremendas de nieve que, cuando en los Andes se
descargan, envuelven al viajero, lo hunden bajo siete pisos de blancura.
A cada lado de la huella contemplé, en aquella salvaje desolación, algo como una construcción
humana. Eran trozos de ramas acumulados que habían soportado muchos inviernos, vegetal ofrenda de
centenares de viajeros, altos túmulos de madera para recordar a los caídos, para hacer pensar en los que
no pudieron seguir y quedaron allí para siempre debajo de las nieves. También mis compañeros cortaron
con sus machetes las ramas que nos tocaban las cabezas y que descendían sobre nosotros desde la altura
de las coníferas inmensas, desde los robles cuyo último follaje palpitaba antes de las tempestades del
invierno. Y también yo fui dejando en cada túmulo un recuerdo, una tarjeta de madera, una rama cortada de
bosque para adornar las tumbas de uno y otro de los viajeros desconocidos.
Teníamos que cruzar un río. Esas pequeñas vertientes nacidas en las cumbres de los Andes se
precipitan, descargan su fuerza vertiginosa y atropelladora, se tornan en cascadas, rompen tierras y rocas
con la energía y la velocidad que trajeron de las alturas insignes: pero esta vez encontramos un remanso,
un gran espejo de agua, un vado. Los caballos entraron, perdieron pie y nadaron hacia la otra ribera. Pronto
mi caballo fue sobrepasado casi totalmente por las aguas, y comencé a mecerme sin sostén, mis pies se
afanaban al garete mientras la bestia pugnaba por mantener la cabeza al aire libre. Así cruzamos. Y apenas
llegados a la otra orilla, los baquianos, los campesinos que me acompañaban me preguntaron con cierta
sonrisa:
—Tuvo mucho miedo?
—Mucho. Creí que había llegado mi última hora ——dije.
—Ibamos detrás de usted con el lazo en la mano —me respondieron.
—Ahí mismo —agregó uno de ellos—cayó mi padre y lo arrastró la corriente. No iba a pasar lo mismo
con usted.
Seguimos hasta entrar en un túnel natural que tal vez abrió en las rocas imponentes un caudaloso río
perdido, o un estremecimiento del planeta que dispuso en las alturas aquella obra, aquel canal rupestre de
piedra socavada, de granito, en el cual penetramos. A los pocos pasos las cabalgaduras resbalaban,
trataban de afincarse en los desniveles de piedra, se doblegaban sus patas, estallaban chispas en las
herraduras: más de una vez me vi arrojado del caballo y tendido sobre las rocas. Mi cabalgadura sangraba
de narices y patas, pero proseguimos empecinados el vasto, el espléndido, el difícil camino.
Algo nos esperaba en medio de aquella selva salvaje. Súbitamente, como singular visión, llegamos a
una pequeña y esmerada pradera acurrucada en el regazo de las montañas: agua clara, prado verde, flores
silvestres, rumor de ríos y el cielo azul arriba, generosa luz ininterrumpida por ningún follaje.
Allí nos detuvimos como dentro de un círculo mágico, como huéspedes de un recinto sagrado: y
mayor condición de sagrada tuvo aún la ceremonia en la que participé. Los vaqueros bajaron de sus
cabalgaduras. En el centro del recinto estaba colocada, como en un rito, una calavera de buey. Mis
compañeros se acercaron silenciosamente, uno por uno, para dejar unas monedas y algunos alimentos en
los agujeros de hueso. Me uní a ellos en aquella ofrenda destinada a toscos Ulises extraviados, a fugitivos
de todas las raleas que encontrarían pan y auxilio en las órbitas del toro muerto.
Pero no se detuvo en este punto la inolvidable ceremonia. Mis rústicos amigos se despojaron de sus
sombreros e iniciaron una extraña danza, saltando sobre un solo pie alrededor de la calavera abandonada,
repasando la huella circular dejada por tantos bailes de otros que por allí cruzaron antes. Comprendí
entonces de una manera imprecisa, al lado de mis impenetrables compañeros, que existía una
comunicación de desconocido a desconocido, que había una solicitud, una petición y una respuesta aun en
las más lejanas y apartadas soledades de este mundo.
Más lejos, ya a punto de cruzar las fronteras que me alejarían por muchos años de mi patria,
llegamos de noche a las últimas gargantas de las montañas. Vimos de pronto una luz encendida que era
indicio cierto de habitación humana y, al acercarnos, hallamos unas desvencijadas construcciones, unos
destartalados galpones al parecer vacíos. Entramos a uno de ellos y vimos, al claro de la lumbre, grandes
troncos encendidos en el centro de la habitación, cuerpos de árboles gigantes que allí ardían de día y de
noche y que dejaban escapar por las hendiduras del techo un humo que vagaba en medio de las tinieblas
como un profundo velo azul. Vimos montones de quesos acumulados por quienes cuajaron a aquellas
alturas. Cerca del fuego, agrupados como sacos, yacían algunos hombres. Distinguimos en el silencio las
cuerdas de una guitarra y las palabras de una canción que, naciendo de las brasas y de la oscuridad, nos
traía la primera voz humana que habíamos topado en el camino. Era una canción de amor y de distancia, un
lamento de amor y de nostalgia dirigido hacia la primavera lejana, hacia las ciudades de donde veníamos,
hacia la infinita extensión de la vida. Ellos ignoraban quiénes éramos, ellos nada sabían del fugitivo, ellos no
conocían mi poesía ni mi nombre. O lo conocían, nos conocían? El hecho real fue que junto a aquel fuego
cantamos y comimos, y luego caminamos dentro de la oscuridad hacia unos cuartos elementales. A través
de ellos pasaba una corriente termal, agua volcánica donde nos sumergimos, calor que se desprendía de
las cordilleras y nos acogió en su seno.
Chapoteamos gozosos, lavándonos, limpiándonos el peso de la inmensa cabalgata. Nos sentimos
frescos, renacidos, bautizados, cuando al amanecer emprendimos los últimos kilómetros de jornada que me
separarían de aquel eclipse de mi patria. Nos alejamos cantando sobre nuestras cabalgaduras, plenos de
un aire nuevo, de un aliento que nos empujaba al gran camino del mundo que me estaba esperando.
Cuando quisimos dar (lo recuerdo vivamente) a los montañeses algunas monedas de recompensa por las
canciones, por los alimentos, por las aguas termales, por el techo y los lechos, vale decir, por el inesperado
amparo que nos salió al encuentro, ellos rechazaron nuestro ofrecimiento sin un ademán. Nos habían
servido y nada más. Y en ese "nada más", en ese silencioso nada más había muchas cosas subentendidas,
tal vez el reconocimiento, tal vez los mismos sueños.
SAN MARTÍN DE LOS ANDES
Una choza abandonada nos indicó la frontera. Ya era libre. Escribí en la pared de la cabaña: "Hasta
luego, patria mía. Me voy pero te llevo conmigo."
En San Martín de los Andes debía aguardarnos un amigo chileno. Ese pueblito cordillerano argentino
es tan pequeño que me habían dicho como único indicio:
—Andate al mejor hotel que allí llegará a buscarte Pedrito Ramírez.
Pero así son las cosas humanas. En San Martín de los Andes no había un mejor hotel: había dos.
Cuál elegir? Nos decidimos por el más caro, ubicado en un barrio de las afueras, desestimando el primero
que habíamos visto frente a la hermosa plaza de la ciudad.
Sucedió que el hotel que escogimos era tan de primer orden que no nos quisieron aceptar.
Observaron con hostilidad los efectos de varios días de viaje a caballo, nuestros sacos al hombro, nuestras
caras barbudas y polvorientas. A cualquiera le daba miedo recibirnos.
Mucho más al director de un hotel que hospedaba nobles ingleses procedentes de Escocia y venidos
a pescar salmón en Argentina. Nosotros no teníamos nada de lores. El director nos dio el "vade retro",
alegando con teatrales ademanes y gestos que la última habitación disponible había sido comprometida
hacía diez minutos. En eso se asomó a la puerta un elegante caballero de inconfundible tipo militar,
acompañado por una rubia cinematográfica, y gritó con voz tonante:
—Alto! A los chilenos no se les echa de ninguna parte. Aquí se quedan.
Y nos quedamos. Nuestro protector se parecía tanto a Perón, y su dama a Evita, que pensamos
todos: son ellos! Pero luego, ya lavados y vestidos, sentados a la mesa y degustando una botella de dudosa
champaña, supimos que el hombre era comandante de, la guarnición local y ella una actriz de Buenos Aires
que venía a visitarle.
Pasábamos por madereros chilenos dispuestos a hacer buenos negocios. El comandante me llamaba
"el, Hombre Montaña". Víctor Bianchi, que hasta allí me acompañaba por amistad y Por amor a la aventura,
descubrió una guitarra y con sus pícaras canciones chilenas embelesaba a argentinos y argentinas. Pero
pasaron tres días con sus noches y Pedrito Ramírez no llegaba a buscarme. Yo no las tenía todas conmigo.
Ya no nos quedaba camisa limpia, ni dinero para comprar nuevas. Un buen negociante de madera, decía
Víctor Bianchi, por lo menos debe tener camisas.
Mientras tanto, el comandante nos ofreció un almuerzo en su regimiento. Su amistad con nosotros se
hizo más estrecha y nos confesó que, a pesar de su parecido físico con Perón, él era anti peronista.
Pasábamos largas horas discutiendo quién tenía peor presidente, si Chile o Argentina.
De improviso entró una mañana Pedrito Ramírez en mi habitación.
—Desgraciado! —le grité—. Por qué has tardado tanto?
Había sucedido lo inevitable. El esperaba tranquilamente mi llegada en el otro hotel, en el de la plaza.
Diez minutos después estábamos rodando por la infinita pampa. Y seguimos rodando día y noche. De
vez en cuando los argentinos detenían el auto para cebar un mate y luego continuábamos atravesando
aquella inacabable monotonía.
EN PARÍS Y CON PASAPORTE
Naturalmente que mi mayor preocupación en Buenos Aires fue hacerme de una nueva identidad. Los
papeles falsos que me sirvieron para cruzar la frontera argentina no serían igualmente utilizables si
pretendía hacer un viaje trasatlántico y desplazarme por Europa. Cómo obtener otros? Mientras tanto la
policía argentina, alertada por el gobierno de Chile, me buscaba afanosamente.
En tales aprietos recordé algo que dormía en mi memoria. El novelista Miguel Angel Asturias, mi viejo
amigo centroamericano, se hallaba probablemente en Buenos Aires. desempeñando un cargo diplomático
de su país, Guatemala. Teníamos un vago parecido fisonómico. De mutuo acuerdo nos habíamos
clasificado como "chompipes", palabra indígena con que se designa a los pavos en Guatemala y parte de
México. Largos de nariz, opulentos de cara y cuerpo, nos unía un común parecido con el suculento
gallináceo.
Me vino a ver a mi escondite.
—Compañero chompipe —le dije—. Préstame tu pasaporte. Concédeme el placer de llegar a Europa
transformado en Miguel Angel Asturias.
Tengo que decir que Asturias ha sido siempre un liberal, bastante alejado de la política militante. Sin
embargo, no dudó un instante. A los pocos días, entre "señor Asturias por acá" y "señor Asturias por allá",
crucé el ancho río que separa la Argentina del Uruguay, entré a Montevideo, atravesé aeropuertos y
vigilancias policiales y llegué finalmente a París disfrazado de gran novelista guatemalteco.
Pero en Francia mi identidad volvía a ser un problema. Mi flamante pasaporte no resistiría el
implacable examen crítico de la Sureté. Forzosamente tenía que dejar de ser Miguel Angel Asturias y
reconvertirme en Pablo Neruda. Pero, cómo hacerlo si ` Pablo Neruda no había llegado nunca a Francia.
Quien había llegado era Miguel Angel Asturias.
Mis consejeros me obligaron a albergarme en el Hotel George V.
—Allí, entre los poderosos del mundo, nadie te irá a pedir los papeles —me dijeron.
Y me alojé allí por algunos días, sin preocuparme mucho de mis ropas cordilleranas que
desentonaban en aquel mundo rico y y elegante. Entonces surgió Picasso, tan grande de genio como, de
bondad. Estaba feliz como un niño porque recientemente había pronunciado el primer discurso de su vida.
El discurso había versado sobre mi poesía, sobre mi persecución, sobre mi ausencia. Ahora, con ternura
fraternal, el genial minotauro de pintura moderna se preocupaba de mi situación en sus detalles más
ínfimos. Hablaba con las autoridades; telefoneaba a medio mundo. No sé cuántos cuadros portentosos dejó
de pintar por culpa mía. Yo sentía en el alma hacerle perder su tiempo sagrado.
En esos días se celebraba en París un congreso de la paz. Aparecí en sus salones en el último
momento, sólo para leer uno de, mis poemas. Todos los delegados me aplaudían y me abrazaban.~
Muchos me creían muerto. Dudaban que pudiera haber burlado la ensañada persecución de la policía
chilena.
Al día siguiente llegó a mi hotel el señor Alderete, veterano periodista de la France Presse. Me dijo: —
Al darse a conocer por la prensa que usted se encuentra en París, el gobierno de Chile ha declarado que la
noticia es falsa que es un doble suyo el que aquí se presenta; que Pablo Neruda se halla en Chile y se le
sigue la pista de cerca; que su detención es sólo cuestión de horas. Qué se puede responder?
Recordé que en una discusión sobre si Shakespeare había escrito o no sus obras, discusión
alambicada y absurda, Mark Twain había terciado para opinar: "En verdad no fue William Shakespeare
quien escribió esas obras, sino otro inglés que nació el mismo día y a la misma hora que él, y murió también
en la misma fecha, y que para extremar las coincidencias se llamaba también William Shakespeare."
—Responda —dije al periodista—que yo no soy Pablo Neruda, sino otro chileno que escribe poesía,
lucha por la libertad, y se llama también Pablo Neruda.
El arreglo de mis papeles no fue tan sencillo. Aragón y Paul Eluard me ayudaban. Mientras tanto,
tenía que vivir en una situación semiclandestina.
Entre las casas que me cobijaron estuvo la de Me. Francoise Giroux. Nunca olvidaré a esta dama tan
original e inteligente. Su apartamento quedaba en el Palais Royal, vecino al de Colette. Había adoptado un
niño vietnamita. El ejército francés se encargó en una época de la tarea que después asumirían los
norteamericanos: la de matar gente inocente en las lejanas tierras de Vietnam. Entonces ella adoptó el niño.
Recuerdo que en casa había un Picasso de los más hermosos que he visto. Era un cuadro de
grandes dimensiones, anterior a la época cubista. Representaba dos cortinajes de felpa roja que caían,
entrecerrándose como una ventana, sobre una mesa. La mesa aparecía cruzada de lado a lado por un largo
pan de Francia. El cuadro me pareció reverencial. El pan enorme sobre la mesa era como la imagen central
de los iconos antiguos, o como el San Mauricio del Greco que está en El Escorial. Yo le puse un título
personal al cuadro: la Ascensión del Santo Pan.
En uno de esos días vino el propio Picasso a visitarme en mi escondite. Lo llevé junto a su cuadro,
pintado hacía tantos años. Lo había olvidado por completo. Se dedicó a examinarlo con mucha seriedad,
sumergido en esa atención extraordinaria y algo melancólica que pocas veces se le advertía. Estuvo más de
diez minutos en silencio, acercándose y alejándose de su obra olvidada.
—Cada vez me gusta más —le dije cuando concluyó su meditación—. Voy a proponerle al museo de
mi país que lo compre. La señora Giroux está dispuesta a vendérnoslo.
Picasso volvió de nuevo la cabeza hacia el cuadro, clavó la mirada en el pan magnífico, y respondió
por único comentario:
—No está mal.
Encontré para alquilar una casa que me pareció extravagante. Estaba en la calle Pierre Mill, en el
segundo arrondissement, es decir, donde el diablo perdió el poncho. Era un barrio obrero y de clase media
pobretona. Había que viajar por horas en metro para llegar hasta allá. Lo que me gustó de esa casa fue que
parecía una jaula. Tenía tres pisos, corredores y habitaciones chicas. Era una indescriptible pajarera.
El piso bajo, que era el más amplio y tenía una estufa de aserrín, lo destiné a biblioteca y a salón de
fiestas eventuales. En los Pisos de arriba se instalaron amigos míos, casi todos venidos de Chile. Allí se
alojaron los pintores José Venturelli, Nemesio Antúnez y otros que no recuerdo.
Recibí por aquellos días la visita de tres grandes de la literatura soviética: el poeta Nikolai Tijonov, el
dramaturgo Aleksand Korneichuk (que era a la vez gobernador de Ucrania) y el novelista Konstantin
Simonov. Nunca los había visto antes. Me abrazaron como si fuéramos hermanos que se encontraban
después de una larga ausencia. Y me dieron cada uno, además del abrazo, un sonoro beso, de esos besos
eslavos entre hombres que significan gran amistad y respeto, y a los cuales me costó trabajo
acostumbrarme. Años más tarde, cuando comprendí el carácter de esos fraternales besos masculinos, tuve
ocasión de comenzar una de mis historias con estas palabras:
—El primer hombre que me besó fue un cónsul checoeslovaco.
El gobierno de Chile no me quería. No me quería dentro de Chile, ni fuera tampoco. Por todas partes
donde yo pasaba me precedían notas y telefonazos que invitaban a otros gobiernos a hostilizarme.
Un día vino a verme Jules Supervielle. Ya para esa fecha yo tenía pasaporte chileno, a mi nombre y
al día. El viejo y noble poeta uruguayo salía muy poco a la calle por entonces. Me emocionó y me
sorprendió su visita.
—Te traigo un recado importante. Mi yerno Bertaux quiere verte. No sé de qué se trata.
Bertaux era el jefe de la policía. Llegamos a su gabinete. El viejo poeta y yo nos sentamos junto al
funcionario, frente a su mesa. Nunca he visto una mesa con más teléfonos. Cuántos serían? Creo que no
menos de veinte. Su rostro inteligente y astuto me miraba desde aquel bosque telefónico. Yo pensaba que
en aquel recinto tan encumbrado estaban todos los hilos de la vida subterránea parisiense. Recordé a
Fantomas y al comisario Maiget.
El jefe policial había leído mis libros y tenía un conocimiento inesperado de mi poesía.
—He recibido una petición del embajador de Chile para retirarle su pasaporte. El embajador aduce
que usted usa pasaporte diplomático, lo que sería ilegal. Es real esa información?
—Mi pasaporte no es diplomático —le respondí—. Es un simple pasaporte oficial. Soy senador en mi
país y, como tal, tengo derecho a la posesión de este documento. Por lo demás, aquí lo tiene usted y puede
examinarlo, aunque no retirármelo porque es de mi propiedad privada.
—Está al día? Quién se lo prorrogó? —me preguntó el señor Bertaux tomando mi pasaporte.
—Está al día, por supuesto —le dije—. En cuanto a quién me lo prorrogó, no puedo decírselo. A ese
funcionario lo destituiría el gobierno de Chile.
El jefe de policía examinó con detenimiento mis papeles. Luego utilizó uno de sus innumerables
teléfonos y ordenó que lo comunicaran con el embajador de Chile.
La conversación telefónica se entabló en mi presencia.
—No señor embajador, no puedo hacerlo. Su pasaporte es legal. Ignoro quién se lo prorrogó. Le
repito que sería incorrecto quitarle sus papeles. No puedo, señor embajador. Lo siento mucho.
Se traslucía la insistencia del embajador, y también era evidente una ligera irritación por parte de
Bertaux. Por fin éste dejó el teléfono y me dijo:
—Parece ser un gran enemigo suyo. Puede permanecer en Francia cuanto tiempo desee.
Salí con Supervielle. El viejo poeta no se explicaba lo que ocurría. Por mi parte, sentía una sensación
de triunfo mezclada con otra de repulsión. Aquel embajador que me hostigaba, aquel cómplice de mi
perseguidor de Chile, era el mismo Joaquín Fernández que presumía de amistad hacia mí, que no perdía
ocasión en adularme, que esa misma mañana me había enviado un recadito afectuoso con el embajador de
Guatemala.
RAÍCES
Ehrenburg, que leía y traducía mis versos, me regañaba: demasiada raíz, demasiadas raíces en tus
versos. Por qué tantas?
Es verdad. Las tierras de la frontera metieron sus raíces en mi poesía y nunca han podido salir de
ella. Mi vida es una larga peregrinación que siempre da vueltas, que siempre retorna al bosque austral, a la
selva perdida.
Allí los grandes árboles fueron tumbados a veces por setecientos años de vida poderosa o
desraizados por la turbulencia o quemados por la nieve o destruidos por el incendio. He sentido caer en la
profundidad del bosque los árboles titánicos: el roble que se desploma con un sonido de catástrofe sorda,
como si golpeara con una mano colosal a las puertas de la tierra pidiendo sepultura.
Pero las raíces quedan al descubierto, entregadas al tiempo enemigo, a la humedad, a los líquenes, a
la aniquilación sucesiva.
Nada más hermoso que esas grandes manos abiertas, heridas y quemadas, que atravesándose en
un sendero del bosque nos dicen el secreto del árbol enterrado, el enigma que sustentaba el follaje, los
músculos profundos de la dominación vegetal. Trágicas e hirsutas, nos muestran una nueva belleza: son
esculturas de la profundidad: obras maestras y secretas de la naturaleza.
Una vez, andando con Rafael Alberti entre cascadas, matorrales y bosques, cerca de Osorno, él me
hacía observar que cada ramaje se diferenciaba de otro, que las hojas parecían competir en la infinita
variedad del estilo.
—Parecen escogidas por un paisajista botánico para un parque estupendo —me decía.
Años después y en Roma recordaba Rafael aquel paseo y la opulencia natural de nuestros bosques.
Así era. Así no es. Pienso con melancolía en mis andanzas de niño y de joven entre Boroa y
Carahue, o hacia Toltén en las cerrerías de la costa. Cuántos descubrimientos! La apostura del canelo y su
fragancia después de la lluvia, los líquenes cuya barba de invierno cuelga de los rostros innumerables del
bosque!
Yo empujaba las hojas caídas, tratando de encontrar el relámpago de algunos coleópteros: los
cárabos dorados, que se habían vestido de tornasol para danzar un minúsculo ballet bajo las raíces.
O más tarde, cuando crucé a caballo la cordillera hacia el lado argentino, bajo la bóveda verde de los
árboles gigantes, surgió un obstáculo: la raíz de uno de ellos, más alta que nuestras cabalgaduras,
cerrándonos el paso. Trabajo de fuerza y de hacha hicieron posible la travesía. Aquellas raíces eran como
catedrales volcadas: la magnitud descubierta que nos imponía su grandeza.

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